domingo, 4 de abril de 2010

La magia de la primera película

Las óperas prima tienen un encanto especial entre sus fotogramas, un ímpetu incomparable en cada uno de sus encuadres, un espíritu rebelde en todos sus planos.
El deseo de contar historias es puro, inocente, en pleno desarrollo, como un adolescente que descubre el mundo y sus infinitas posibilidades. El ojo novel de un director principiante es una caja de pandora a punto de ser abierta, como un tesoro que esconde invaluables joyas por descubrir.

Moverse a través del espacio con una cámara por primera vez es como explorar un territorio nuevo, miras a tu alrededor con sorpresa, descubres detalles, formas, superficies. Es como pintar con un pincel al que poco a poco te vas adaptando y que con el tiempo usarás para impregnar tu propio estilo.
Tal vez sea cuando más opción se tiene de jugar, experimentar, innovar a la hora de escribir con la cámara.
Se ambiciona a gran escala cuando se dirige una película y, por el contrario, en la mayoría de casos se cuenta con un presupuesto minúsculo, ridículo, ínfimo. Y si se trata de una ópera prima el dinero sale muchas veces del bolsillo del director.

Pero no hubo, no hay y no habrá impedimento para quien este comprometido con una visión, el que defienda su estilo con terquedad, logrará al menos, estar tranquilo consigo mismo.
Y la historia lo ha demostrado más de una vez. Todos los directores pasan por la experiencia de la primera película. Y si la odisea de realizarla conlleva un viaje único e intenso, apreciar estas primeras obras es igual de fantástico.
Uno de los casos más célebres es el de Orson Welles, quien con solo 26 años escribió, protagonizó, produjo y dirigió "Ciudadano Kane", por la que obtuvo el único Oscar de su carrera.
Steven Spielberg dirigió a los 25 años el telefilme "Duel", una road movie que le permitió luego, embarcarse en proyectos como "Tiburón" o "Encuentros cercanos del tercer tipo".


Sin embargo, algunos directores consagrados suelen mirar al pasado y renegar de aquellas primeras obras, como lo hizo Stanley Kubrick con "Fear and desire", una cinta que rodó en 1953 y que posteriormente mandó a destruir todas sus copias. Según él, la cinta, que contaba una historia bélica, era un trabajo de aficionado y no merecía ser vista. Dos años después realizó "Killer´s Kiss", que es considerada como su ópera prima.


Lamentablemente la experiencia de la primera película es única e irrepetible. Aunque se puede emular la energía y temperamento del primer proyecto con cada historia nueva. Ahí esta la magia, en embarcarse en cada cinta como si fuera la primera vez.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno debo reconocer que no he visto DUEL, pero ciertamente parece interesante la trama como para dedicarle un rato. =)

Suerte con el blog!

Gonzalo Irujo Palacios dijo...

Definitivamente, todo primer bussiness venture significa un gran riesgo, y la creación de películas no es una excepción. En este país en particular, el director debe saber que requiere tanto profesionalismo como visión, tanto un ojo para una buena trama como para encontrar una necesidad en el mercado de aficionados de películas.